MIEDOS Y SEPARACIONES

El Nivel Inicial quiere compartir un extracto de la Columna del Dr. ORSCHANSKI, del Diario La Voz Del Interior.


Los miedos son un componente natural de la vida infantil, en tanto constituyen respuestas adaptativas frente a lo que los chicos perciben como peligroso, sea real o imaginario.

La mayoría de los miedos son pasajeros y no llegan a afectar el crecimiento.

El miedo a estar solo, a alejarse de los padres, a la oscuridad o a las tormentas son los más frecuentes. También hay miedos escolares, a las vacunas a perder seres queridos, a lo desconocido. En realidad, poco difieren de los miedos en cualquier edad.

No obstante, los miedos infantiles tienen la característica de remitir a uno más profundo, que es el temor al abandono.

Este desasosiego atávico se inicia desde el mismo nacimiento, basado en la vulnerabilidad del niño y en la dependencia de otros para sobrevivir. Es de tal magnitud que puede condicionar aspectos personales en cualquier momento de la vida.

Reconocer este origen de los miedos infantiles tiene tanta trascendencia como descubrir cómo superarlos, y una de las vías posibles es asegurarles a los chicos que nunca serán abandonados.

Pero la crianza incluye a la vez necesarias y repetidas separaciones entre padres e hijos. Sanos, graduales y amorosos alejamientos que educan en la certidumbre de que, a pesar de la distancia, los padres estarán siempre. Separarse es procurarles experiencias que otorguen autonomía.

Para ello es necesario una enorme cuota de generosidad paterna, que implica no vivir a través de ellos y sentir más alegría que dolor al verlos alejarse.

El poeta Juan Ramón Jiménez resume las dos herencias posibles que los padres conceden: raíces y alas.

Algunas separaciones aparecen en escenas cotidianas como –por ejemplo- el lugar para dormir. Definir que “aquí duermen los padres y allí, los hijos” es establecer espacios imprescindibles para la convivencia. Porque el hecho de que un niño acepte su propio cuarto es un acto de emancipación que sólo se logra si él se duerme convencido de que, al despertar, alguien querido estará allí.

Saludar con la mano y entrar solo/a al jardín es otro espacio ganado al miedo de ser abandonado, siempre y cuando lo/a busquen a la hora convenida.

Quedarse a “tomar la leche” en casa de un amigo/a es un logro de independencia que infla autoestimas.

Los padres deberían llegar a ese momento confiados en ser modelos sólidos y consistentes; presentes y ausentes, pero siempre disponibles, y con la grandeza de saber dejarlos solos.

Con raíces fuertes, las alas crecen inexorables y permiten vuelos propios. Habrá errores y contramarchas, idas y vueltas, pero también la convicción de contar con alguien; es decir, que ningún miedo podrá limitar sus sueños.

 

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